Situación.
Sábado Lluvioso. A. se quedó en casa esperando a que su hermano viniera a buscar a los chicos para llevarlos al cine. Yo decidí ganar tiempo y me fui a hacer las compras de la semana. Antes fui a Hausbrot para elegir una rica ensalada, unas empanadas de salvado para la cena y al Videoclub.
En el súper y ya casi terminando, suena mi teléfono. Era el ringtone de A.
A: Ya se están yendo. Están re contentos! Te llevo los envases de coca?
C. (algo ofuscada de tanto esperar): Ya estoy en la fila de la caja. No tiene mucho sentido.
A.: Entonces qué hago? Voy a buscarte o te espero acá?
C.: No. No vengas. Quedate. Yo enseguida voy para allá.
“Cuándo vas a entender que cuando digo NO, lo hago para sumarle algo más al efecto sorpresa que espero. Que me convenzo de que no vas a venir pero en el fondo anhelo que aparezcas empapado por la lluvia, ávido por ver a tu amada detrás de un changuito repleto de cereales de tigres, alimento infantil con dinosaurios y coca Light”.
Cuándo los hombres van a entender que nosotras las mujeres somos amantes del Efecto Sorpresa (en mi caso sin mucha cursilería). Cuándo van a comprender que cuando decimos “dejá, mejor descansá”, es porque deseamos ser testigos de un esfuerzo exagerado para vernos, para experimentar cómo, ustedes, vislumbran nuestra sonrisa cómplice y nuestros ojos hormonales llenos de lágrimas.
En otro momento no muy lejano, hubiera llegado a casa despotricando. Y él me hubiese mirado desconcertado. Con la seguridad de lo que había escuchado y sin entender el transfondo de mi decir. Luego de descargarme, la angustia me hubiera jugado la peor pasada y la zambullida en la comida le habría dado paso al tan repetido “Empiezo el Lunes”.
Pero no. Llegué. Lancé un par de ironías. Lo abracé con un profundo amor y algo de resignación. Y preparé nuestra merienda. La mía, 200 calorías.
Nada
Hace 1 semana